jueves, 4 de febrero de 2010

LA ROSA ROJA


En una noche inesperada, Él le regaló una rosa.

Esa única rosa roja fresca presidía cada día la mesa, sumergido su tallo de puntas en un simple jarrón de cristal.

Los amantes degustaban su plato sin prisas mientras la contemplaban, paladeando en cada instante esos momentos brindados por la vida, engullendo plácidamente cada calada de aliento sobrevenido, dividiendo conscientemente en mil caricias cada segundo, e incluso apartando con suspiros las espinas que, como un intento de agujerear ese ambiente homogéneo, pretendían inquietamente escapar de la joven y bella flor.

Ella fue cómplice absoluta de miradas profundamente infinitas, de gestos apesadumbrados y sombríos, de sonrisas legañosas, somnolientas y matutinas, de cabellos enredados y ausentes prendidos en la almohada, de atardeceres alegres azul de Prusia y de largas noches en las que la cordura y la insensatez iban de la mano, atravesando conjuntas el oscuro túnel del deseo, la ingravidez que otorga la pasión y el renacimiento inmediato y eterno de cada pálpito de vida.


Un día la rosa roja fresca alcanzó su tiempo límite de permanencia entre ellos.

Ya vieja y marchita, abandonó sin previo aviso su estatus de confidente, de compañía incondicional permanente…. pero siempre albergará dichosa entre sus pétalos encarnados esos instantes presenciados en los que el segundero de los amantes se detenía y la respiración se congelaba de un amor candente, enmadejados en su propio ardor y ausentes de su mirada voyeurista.

Ella se ha apagado tranquila y satisfecha, sin ruido aparente, sin despedidas llorosas, manteniendo la absoluta certeza de que otras rosas frescas y rojas como ella vendrán…y vivirán exultantes como gratos testigos, esas situaciones tan profundas y vitales entre ambos, como el agua que las ha abrigado y dotado de espíritu en su día arropándolas de una, aunque corta, bella vida.