martes, 14 de agosto de 2007

Las Princesas


LAS PRINCESAS


No se manifiestan mientras el alcohol esta ausente en sus venas…sobrias, resultan bastante corrientes. Chicas brillantes, tenaces, trabajadoras, incluso, que se comportan en todo con sensatez..

Dieron algún disgusto antes de irse a casa, pero sus madres saben que pueden dejarlas solas. no se confunde su escaso interés por la ciencia cosmética con falta de feminidad, porque tal vez sean ellas las mas femeninas de todas las mujeres, nada hay en su apariencia que las distinga de las demás. Hasta que les pones una copa delante. Entonces se la beben, igual que todas las demás, pero es entonces cuando comienzan a ser diferentes. Para empezar, entre las otras, mujeres plebeyas, hay muchas que ya no beberán más. Se toman una copa de vez en cuando para animarse un poco, esa expresión tan detestable, o porque tienen ganas de marcha, expresión mas detestable aun, o atreviéndose a aducir tonterías por el estilo. Son muy numerosas, pero carecen casi completamente de valor, así que, olvidémoslas, hasta las abstemias son mas interesantes.
Pero, no todas las que beben una copa detrás de otra son todas princesas, no, de ninguna manera. Porque entre ellas, las más se abandonan a la ebriedad sin método y sin objeto alguno. Nada tan triste como sus patéticos esfuerzos por extraer frutos objetivos de su estado, su falta absoluta de pudor, la misteriosa inhibición de su mediocre inteligencia. Chillan, bailan, se ríen a carcajada, solas, y luego en el mejor de los casos, consiguen vomitar y regresan al escenario de sus vanas enajenaciones para meterse de mala manera la blusa dentro de la falda, tratar de enderezar el tacón que se les ha partido durante el trance y reconocer a duras penas el resto de sus pertenencias para irse a casa, dormir mal unas pocas horas y declarar a la mañana siguiente que se lo pasaron fenomenal, y que qué noche tan fantástica y que qué risa, y eso, pobrecitas. En el peor de los casos, los vapores etílicos solo se esfumaran bajo el peso de un cuerpo desconocido, indeseable. Entonces sentirán náuseas, pero ya no podrán vomitar de ninguna forma, y se limitaran a metamorfosearse a si mismas en un leño fósil para desconcertar a un imbécil que haya pretendido a su vez extraer frutos objetivos de una situación que jamás los produce,. En estos casos suele ser generalmente él quien declara a la mañana siguiente lo de qué noche tan fantástica, etc…

El alcohol actúa sobre ellas como el revelador sobre las películas fotográficas, las saca a flote, las desnuda. Nunca pierden los nervios, nunca hacen el ridículo, son pudorosas y poco habladoras, como todos los buenos bebedores. Prefieren la barra a las mesas y, si pueden, se sientan, porque beben despacio, y desde luego con método. No importa como hayan llegado al bar en cuestión, con cuanta gente, en que circunstancias. Si deciden invocar la gracia de la ebriedad, beberán solas o, a lo sumo, solo con otras princesas. Aunque estén rodeadas de gente, beberán solas. Y hablaran cuando se les pregunte, comentaran cualquier cosa cuando les parezca conveniente, saludarán a los que llegan y se despedirán de quienes se van, pero mientras beben, lenta y metódicamente, estarán solas, y rechazaran cualquier compañía. Al rato, advertirás un brillo especial en sus ojos, y una sonrisa absurda, intermitente, que de vez en cuando aflora a sus labios sin causa alguna, sin origen y sin destino. Esa es la señal, la marca de su casta. Entonces se debe renunciar a la última esperanza, porque son princesas, tercas, tenaces y distantes como diosas, mujeres de nadie….niñas imaginativas las llamaban en el colegio, fantasiosas incluso. Jugaban mucho solas, de pequeñas reinventaban en silencio el mundo y todas sus reglas, se fabricaban un universo a su medida, ahora, de mayores, a veces hablan solas cuando están borrachas, apenas un par de palabras que pronuncian deprisa, para sí mismas, en el breve espacio de una sonrisa. El alcohol les hace daño, y algunas, las más listas, lo saben de sobra, pero no pueden renunciar a él, porque sin él no volverían a ser pequeñas, y la realidad arrasaría hasta los cimientos su vida auténtica, la vida que viven mientras están solas, bebiendo despacio y con método. Las copas engordan y machacan el hígado, pero como las buenas hadas, conceden a cambio un don infinitamente valioso. Por que mientras haya alcohol en sus venas, él siempre será posible.
El príncipe azul. El hombre de su vida. Wolfgang Amadeus Mozart, Indiana Jones, Alejandro Magno, Kant,…Su padre….El de ellas. Los hay de todos los gustos, pero siempre tienen un rasgo común. Nunca aparecen, porque no es que no existan, sí existen, pero los auténticos príncipes azules, los que tienen la piel del color de los ángeles laicos, no aman a las princesas. Son demasiado complejas. Beben, lloran y hablan solas. Piden y, sobre todo, dan, se empeñan en dar más de lo que nadie les ha pedido jamás, les encanta darse, entregarse, lanzarse a la tumba abierta, llevan toda la vida esperando…..apenas un príncipe azul se cruza en su camino, siquiera así, de lado, como por error, se inmolan sin perder tiempo a sí mismas, se cocinan hasta achicharrarse en la pasión que han acumulado dentro hasta el dolor, el hambre que las ha alimentado y las ha consumido al mismo tiempo, desde que nacieron hasta aquel instante. Y entonces el príncipe sale corriendo, claro, se da cuenta de que el color de su capa pierde intensidad por segundos, la neutralidad del blanco acecha, está cada vez más cerca, y no merece la pena empalidecer junto a una princesa, nunca la merece, dejarían de ser, si ya no fueran azules. Bueno, la verdad es que hay alguno que le echa cojones, pero su número es tan reducido que podemos despreciarlo. Así que ellas vuelven a beber, despacio y con método.
No son como las putas. A ellas les bastan los príncipes grises o marrones, desgraciados como cualquiera de nosotros. Son como princesas bastardas, herederas de un país diminuto, eternas aspirantes a una corona ridícula..mujeres fascinantes, al fin y al cabo., que también beben y esperan, aunque sea por motivos laborales y no por su equívoca esencia, como las princesas.

Las princesas, a veces eligen enamorarse en ese preciso momento. Miran a su alrededor y, si encuentran a alguien no demasiado naranja, se convencen a sí mismas de que han estado ciegas durante años, porque ése y nadie más puede ser el hombre de su vida. Se casan con fe y con energía. Tienen hijos. Pero antes o después vuelven a beber, lenta y sistemáticamente, beben , sus ojos brillan, sonríen para sí mismas, y terminan de agotar sus rancios argumentos…luego engordan, envejecen, sufren, quizás no más que las plebeyas que se han casado con un príncipe y tienen que aguantarle las azuladas, pero sufren, como todo el mundo. Y se hacen cada vez más peligrosas. A los treinta más que a los veinticinco, a los treinta y cinco más que a los treinta, y así sucesivamente, porque el tiempo les pesa y la pasión les duele y la sospecha de que jamás hallarán lo que buscan se va mudando en certeza, poco a poco. Y las certezas siempre triunfan, nunca habrá un guisante debajo de un colchón. Por eso se les llama, mujeres de nadie…

( Almudena Grandes )

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