
He decidido titular de este modo lo que a continuación seguirá puesto que poco a poco, cuando avancemos en la narración, alcanzará su significado.
Algunos ya sabéis que me gusta pintar. Cuando una es hija única, resulta una gran suerte el poder desarrollar una serie de facultades ( supongo que en cierto modo innatas ) para dejar volar su imaginación al mismo tiempo que se entretiene pues resulta productivo, gratificante y enriquecedor, porque la gran mayoría de las veces, sobre todo a edades tempranas, esa niña se ve obligada a jugar sola en su cuarto.
e todos modos, al parecer, yo era una nena tranquila. Me encantaban las pinturas, el colorido, los grandes almacenes llenos de utensilios de escritorio, gomas de un sinfín de colores, los estuches de dibujos, los cuadernos llenos de sonrisas en blanco a los que darles vida, los juegos de manualidades, los de efectuar mosaicos de cortar y pegar sus teselas como si de grandes vidrieras de una gran catedral se tratase, los juegos de montar por piezas y construir casitas, las sorpresas ridículas de los famosos Huevos Kinder, y todo aquello que no entrañase gran complicación y yo me viese capacitada para resolver con mis manos. Porque siempre tenía prisa por acabar algo que había empezado.
Como sucede igualmente hoy en día. Cuando me decido a pintar algo, ha de ser lo más breve posible en el tiempo.
Si estimo que puede llevarme una cantidad de días que pueda llegar a exasperarme, le pierdo interés. Porque mi mente necesita vislumbrar rápidamente ese resultado. No tengo esa paciencia ( que debería de ser también innata en estos casos ) para darle mil trescientos giros e intentar alcanzar la perfección. No la persigo y me ahogo si lo intento, porque consciente de mis capacidades como ser humano, ya parto de la base de que siempre voy a ser imperfecta. Por lo tanto, lo que los sentidos mandan e inducen, ha de prevalecer ante eso, porque no dejan de ser la fuente de inspiración de cada momento puntual.
Y como he repetido en otras ocasiones, lo que hoy siento y puedo reproducir, no debo dejarlo para mañana y relajarme pensando que el siguiente día, mis facultades estarán más acertadas. Yo misma me equivocaría, porque son resultados impredecibles, jamás previstos ni planificados.
Esta vez ese lienzo soy yo.
Y las personas que me rodean, son los pinceles.
Como en todos los órdenes de la vida, existen pinceles buenos, malos y regulares.
Los pinceles buenos, son aquellos que aunque la pintura que pretenda utilizarse sea mediocre en presupuesto, consiguen dar un toque de color sin igual porque se deslizan con una suavidad tan asombrosa que no dejan regueros inútiles ni posos en el camino, ni van soltando canas pesadas que puedan empañar de grumos unos trazos en sí mismos auténticos y dotados de gran extraordinariedad.
Este tipo de pinceles, hay que cuidarlos con mimo, porque son merecedores de tal tacto. Asirlos con serenidad, jamás con la brusquedad de un amateur, sino con una gran dosis de cariño, de amor, de tranquilidad y perseverancia, porque de ese modo, el resultado siempre será el esperado. Y serán grandes fieles.
Los pinceles malos, son todos aquellos que ya irradian un gran rechazo en el acercamiento propuesto por uno,a priori. Nada más palparlos, uno se dá cuenta de que lo que tiene entre sus dedos, se va fragmentar en milésimas de segundo mucho antes de que pretenda darle uso alguno. Gran error inocente el impregnarlos de una mínima gota de pintura espectacular porque todo lo que pueden llegar a proyectar será ceniza. Caerán las cerdas, la pintura se desbocará sin más, se perderá todo control, y ese lienzo alcanzará una tonalidad tan sumisa, llorona y opaca como un estruendoso día de lluvia descontrolado. LLegarán los truenos, los rayos y un apocalipsis sobrevenido provocado por un inicio dotado de ingenuidad. Y es que, sólo se pretendía pintar. De saberlo de antemano, mejor no llevar a cabo tal ejercicio. Pero a veces la oferta es tentadora.
También tienen su sitio en el mercado los mediocres o regularcillos. Asequibles para cualquier bolsillo y con una calidad media. Su resultado es impredecible, es decir, pueden conseguir unas pinceladas fantásticas con tubos de colores igualmente "medios", y que tal simbiosis puede resultar ejemplar y sorprendente en el tiempo cuando funcionan en positivo según su cometido, así como desempeñar con gran efectividad su papel en los comienzos y luego empezar a perder todo tipo de cuerda, de silueta, de presencia, y su estado se va volviendo ya caduco. Su presencia podría recuperarse si hubieran sido atendidos (de merecerlo) desde un principio y podrían llegar a ser tan válidos como los buenos.
En el momento en que esas pinceladas van perdiendo la naturalidad perseguida, el pincel deja de aportar lo grandioso que tenía en sus manos por pereza y empieza a renquear, a dar cada vez más coces que aciertos, empieza a engrosar la lista de los malos.
Resumen práctico:
Los pinceles buenos, lo son por esencia, por calidad. No por precios. No necesariamente tienen que ser más costosos. Se percibe por su forma, su trazo, su resultado elegante. Sólo hay que saber elegirlos en el mercado, independiente en ocasiones de las marcas que los potencien. Su seguridad esta garantizada al menos en un 90 %.
Los pinceles malos, pueden llegar a ser más económicos aunque lo normal es que ya estén por debajo de toda calidad pictórica de por sí, por mucho que el fabricante realce su valía. Calidad 3% incluyendo a los osados e insolventes.
Los medios......están un poco dejados a la mano de Dios, al aventurero, al que concede oportunidades, al que no le importa arriesgar y experimentar y corre con el riesgo y ventura de que intenten trazar su camino pero con pequeñas dosis de alerta constante. Calidad 50 %.

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